Capítulo III: La Osca romana (parte II)
En el capitulo anterior, terminamos hablando de la huida de ilustres romanos, opuestos al régimen dictatorial de Sila en Roma (los partidarios de Mario, que pertenecía al partido popular, tales como Quinto Sertorio), y como éstos se sirvieron de Hispania para hacer de ésta, tomando como una de sus capitales a la ciudad de Osca, su centro de operaciones contra el dictador de Roma.
Quinto Sertorio partió hacia Hispania donde estableció su centro de resistencia, nombrando como capitales de su nuevo “imperio” a Ébora en la Lusitania y OSCA en la Tarraconense, que fueron sus centros de dominación. Con razón pues, se puede llamar a Huesca “la ciudad de Sertorio” y con razón la historia y la gloria de la ciudad va unida a su nombre ilustre, al que comienza a hacer justicia creyéndole uno de los más nobles y capaces conductores de la democracia romana, que con tanta habilidad y condición supo atraerse a su causa a los españoles, aún superficialmente romanizados.
Con este fin, Sertorio, instituyó en Ébora un Senado a la manera romana y en Huesca fundó la famosa escuela en la que los hijos de las familias más distinguidas ibéricas, aprendieron las letras griegas y latinas, atrayendo a muchos a su causa. Aquella fue la famosa “escuela Sertoriana”, de donde tomó el nombre la Universidad fundada por Pedro IV y como heredera de ella el instituto de 2.ª Enseñanza “Instituto Sertoriano”, hoy de Ramón y Cajal.
Escudo de la universidad Sertoriana de Huesca
Únicamente nos habla de ella Plutarco, que nos la describe sucintamente. Por el sabemos, cómo gracias a estas cualidades de verdadero caudillo, pudo reunir Sertorio el fervor entusiasta de los lusitanos, celtíberos, ilérgetes de los que fue su general y estratega y habilísimo en el arte de la guerra ibérica (guerrillas).
Trataba de convertir Hispania en plataforma del partido “popular”, preparando su retorno y triunfo en Roma, pero fascinaba a los iberos por su audacia y su fortuna, con la rara habilidad de atraerles por orgullo y superstición, identificándose con ellos, incluso llevando consigo una cierva blanca, de la que decía recibir consejos. De esta manera, contando con la adhesión de los íberos, en la que tanto se distinguió Osca, Quinto Sertorio pudo sostenerse 10 años desde 82 al 72 a.C. en España (que él llamó su segunda patria).
Construyó una calzada de 200 kilómetros desde el Guadiana a Gredos para facilitar la movilización y pasó el año 80 a.C. en preparativos bélicos. El año 79 a.C. llegó a la Ulterior el nuevo procónsul, Quinto Cecilio Metelo, con orden de Sila de hacer a Sertorio la guerra sin cuartel. Entre Metelo y el procónsul de la Citerior reunieron 40.000 legionarios y numerosos auxiliares hispanos, cuando Sertorio sólo tenía 8.000 hombres, la mayoría iberos y mauritanos, con armas ligeras y en la Lusitania del sur, inhóspita y sin agua.
Metelo trataba de envolverlo, él de batir por separado al procónsul y a su general Domicio, acogiéndose a la guerra de guerrillas que sus hombres dominaban. Hizo moverse a su general, Hirtuleyo, por las líneas del Tajo y del Guadiana, única penetración para Metelo, y cuando Domicio llegaba a la zona del Guadiana superior, resultó muerto en la derrota de su ejército ante las inferiores tropas de Hirtuleyo.

Quinto Cecilio Metelo Pío
Sertorio, mientras tanto, derrotaba en la Citerior a las fuerzas que Metelo destacó con su legado Thorio Balbo. Era el año 79 a. C. y en el 77 a C. ya estaba Metelo a la defensiva y luego en retirada al fracasar la sumisión de Lusitania.
Luego, Sertorio extendió sus conquistas hacia el noreste, llegando a Ilerda (Lérida) su lugarteniente Hirtuleyo y aunque rehuía la guerra de sitio y las ciudades se le sometían de grado, hubo de asediar Segóbriga, Caroca (Tarazona), Contrebia (junto a Daroca), y Bilbilis (Calatayud). Durante el invierno se le unió Perpena con un refuerzo de 53 cohortes (unidad táctica de infantería del antiguo ejército romano, estaba formada por unos 480 hombres y constituía la décima parte de una legión romana), hasta reunir 20.000 infantes y unos 1.500 jinetes. Estableció su sede en Osca (Huesca), por su valor estratégico respecto al Pirineo, y la posesión de los altiplanos entre Duero y Ebro le dio el dominio de casi toda Hispania, excepto la Bética y la fortificada Cartagena.

Para la campaña del 76 a. C., ante la amenaza romana, dividió su ejército en tres cuerpos: uno mandado por Perpena bloqueó el paso del Ebro, con 20.000 infantes y 1.500 jinetes y una reserva al mando de Heremio; el de Hirtuleyo en Lusitania, para inmovilizar a Metelo, y el suyo, en el país de los berones (la Rioja), para acudir en ayuda de cualquiera de los otros.
Pensaba imponer a los romanos una guerra de desgaste, larga y estabilizada, con acciones ofensivas y golpes de mano para mantener la moral de los suyos. En ese mismo año y el 75 a. C. cambian los planes y la guerra se traslada a Levante, donde se libran los grandes combates del 76 a. C., en el curso bajo del Turia, vía de penetración a los llanos, en los del Júcar y el Palancia. En aquella guerra desempeñaron papel importante Sagunto, Valencia, Sucro, Denia y Cartagena, base naval romana, donde Sertorio recibía refuerzos de sus aliados los piratas.
Pompeyo pretendía actuar en amplia maniobra envolvente que desde el norte conquistase la costa oriental, y desde Cartagena, yendo hacia el sur, penetrase en la Meseta. Quedaba Sertorio en la Rioja; Hirtuleyo en Lusitania; Metelo en Córdoba; Pompeyo en Cataluña y frente a él Perpena, al sur del Ebro.

Estatua de Pompeyo el Grande
Al valorar las tropas hay que conocer su calidad: los 30.000 infantes y 1.500 jinetes de Pompeyo eran legionarios de elevada moral, voluntarios y entusiastas, a los que se unían iberos atraídos al campamento de Emporion (Ampurias). Sertorio tenía 60.000 soldados, de ellos 40.000 iberos, muy valientes pero poco entrenados, y 2.000 legionarios veteranos al mando de Perpena.
Conociendo ambos caudillos la importancia de la valenciana Laurón (acaso Liria), Sertorio trató de comprarla y Pompeyo de socorrerla. Se enfrentaron los dos ejércitos en colinas próximas y Sertorio, más audaz y precavido, envolvió desde la suya la ciudad con una reserva de 6.000 hombres, causando 10.000 bajas a Pompeyo. Otra noche, en emboscada ajena al campo de batalla derrotó a diez cohortes ligeras de romanos “caetrati” y diez de iberos armados a la romana (scutati), 10.000 hombres en total, y además a los pompeyanos enviados en su socorro.
Para evitar el desgaste, Pompeyo obligó a Sertorio a una batalla campal, en la que perdió otros 10.000 romanos y todo el tren de combate. Se refugió con su fracaso en la orilla del Ebro, mientras Sertorio ocupaba Laurón, tratando duramente a sus habitantes. En cambio, Hirtuleyo, en agosto del 76 a. C., emprendió varios ataques con calor agobiante ante la pasividad de Metelo, que, al fin, lo derrotó con sus tropas descansadas.
En la primavera del 75 a. C., los cuerpos de Sertorio se reunieron cerca de Valencia para impedir el acceso a Pompeyo. Hirtuleyo cortó el paso a Lusitania a Metelo, obligándole a combatir, pero fue envuelto y derrotado perdiendo la vida en la lucha. Fue entonces Sertorio a detener a Metelo, dejando a Perpena y Heremio frente a Pompeyo, que los venció hábilmente y se lanzó contra Sertorio sin esperar a Metelo. Adivinó Sertorio la maniobra y atacó de noche para producir desconcierto en el enemigo, situándose frente a Perpena y dejando la derecha a Hirtuleyo, que cedió al empuje de Afranio, pero Sertorio no sólo venció a Pompeyo que huyó a pie, herido, sino que resolvió la situación de Perpena. Ambos bandos tuvieron cuantiosas bajas y Afranio quedó en las cercanías.
La imposibilidad de enfrentarse con Metelo y la muerte de Hirtuleyo desanimaron a las tropas de Sertorio, que las dispersó para hacerlas menos vulnerables y las reunió luego en Murviedro, donde se daría la segunda batalla con las mismas características que la del Júcar: Sertorio en la derecha, con la caballería ibera, deshizo las líneas de Pompeyo, causándole 6.000 muertos, a costa de 3.000 propios.
Perpena cedió ante Metelo, con más de 5.000 bajas y a no ser por el apoyo de Sertorio hubiera sido causa de una derrota. En el otoño del 75 a. C., Sertorio, en mejor situación que sus enemigos, recuperó Valencia, mientras los romanos repasaban el Ebro y Metelo marchaba a invernar en Galicia.
Pompeyo, en campaña de otoño consiguió atraer a Sertorio a una batalla abierta, al recorrer el territorio para ello. En la primavera del 74 a. C., con refuerzos de Roma que elevaban su ejército 50.000 hombres, llevó la guerra al interior, para evitar que Sertorio tuviese más apoyo por el mar, y sustituyendo las batallas campales por asaltos a ciudades. Con suerte varia, Sertorio le causó muchas bajas en oportunos socorros a los sitiados.
Al fin de la campaña del 74 a. C. la situación de Sertorio era precaria y el futuro oscuro: la Celtiberia Citerior dominada por los romanos, la Ulterior amenazada y la costa levantina vigilada por Marco Antonio el Crético, que acosaba a los piratas.
Metelo en la Bética y Pompeyo en la Galia, invernaban preparando la conquista de Meseta. En el 73 a. C., perdió Sertorio toda Celtiberia y se refugió en el valle del Ebro, donde le eran fieles Huesca, Lérida y Calahorra, y en la costa sólo Tarragona y Denia. Quebró su suerte, cundió el desánimo y las defecciones, sus soldados romanos estaban celosos porque prefería los indígenas y sus represalias sembraban descontento.
Al fin, disuelto el ejército, abandonado de los iberos, traicionado los romanos, y lejos de su patria, cayó asesinado en Osca por una conjuración muy hábil de Perpena, quien a su vez fue vencido y ajusticiado en su combate final con Pompeyo.
Muerto Sertorio y disuelto su ejército, sólo seis ciudades continuaron una resistencia inútil: Uxama (Osma), Clunia (Coruña del Conde), Termarntia (Tiermes), Osca (Huesca) y Calagurris (Calahorra). Esta última superó en la resistencia las gestas de Sagunto y Numancia, llegando los defensores a comer carne de mujeres y niños, hasta encontrar muerte en la pelea.
La guerra contra Sertorio se consideró en Roma como una de las más graves del Imperio. Cicerón la llamó formidable; Livio, Mitrídates y Tácito dicen que fue una guerra ígnea; Plutarco opina que las tropas de Sertorio jamás fueron derrotadas y que su caudillo fue un maestro en la utilización del terreno, ocupando junto Aníbal un primer lugar en la historia militar, como maestro de estratagemas y la facilidad de adaptación a la táctica indígena.
Muchos de los españoles iberos tan incondicionales fueron de Sertorio (la “devotio” ibérica) que prefirieron la muerte para no sobrevivir a su general. Se ha discutido mucho en qué lugar pudo cometerse la gran injusticia y crimen que terminó con aquel hombre que pudo crear una España romanizada, independiente de Roma.
Desde luego, dada la adhesión inquebrantable que siempre le demostró Osca, es imposible que los conjurados buscasen al consumación de su crimen en ciudad tan adicta. Pero Osca, centro de aquella provincia de la España citerior, guardó religiosamente el recuerdo del gran caudillo, bienhechor que tanto la había enaltecido y pronto tuvo ocasión de demostrar su odio contra los asesinos.
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Tags: historia, huesca, Osca, oscense, Quinto Sertorio, romanos

Guardó de tal manera su nombre que aun lo recuerda en su toponimia.
Pocos oscenses saben que el Estrecho Quinto barrio y paso estrecho bajo Montearagón, lleva ese nombre por la guarnición romana que Sertorio puso allí. En el estrecho de Quinto Sertorio.
También creo que es Balaguer que cree reconocer en términos como Cuarte, Tierz, Quicena, o Sietamo o bien una antigua división parroquial romana o bien nombres asociados a las piedras miliarias que jalonaban las vías romanas
Vasdelao
Que gran aporte Vasdelao. Si quieres, en esta misma página encontarás más capítulos sobre la historia de la ciudad de Huesca.
un saludo
Bueno tal vez le eche un vistazo a la obra del cronista y OBRERO DE SAN PEDRO EL VIEJO que fue Diego de Aynsa. Curioso eso de un “Obrero” que al parecer era un seglar que administraba los bienes de la parroquia. Pero yo no soy un historiador solo soy un curioso.
V.